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rely on me.
i'm your soul.

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She was young but not naïve, always wise beyond her years. Hoping that no one would see every time she dried her tears.


strike out.

there's no real
love in you

hearts talking.


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alternative exits.

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thank you.

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domingo, 6 de diciembre de 2009

-Isabella -pronunció mi nombre completo con cuidado al tiempo que me despeinaba el pelo con la mano libre; un estremecimiento recorrió mi cuerpo ante ese roce fortuito-. No podría vivir en paz conmigo mismo si te causara daño alguno -fijó su mirada en el suelo, nuevamente avergonzado-. La idea de verte inmóvil, pálida, helada... No volver a ver cómo te ruborizas, no ver jamás esa chispa de intuición en los ojos cuando sospechas mis intenciones... Sería insoportable -clavó sus hermosos y torturados ojos en los míos-. Ahora eres lo más importante para mí, lo más importante que he tenido nunca.

La cabeza empezó a darme vueltas ante el rápido giro que habia dado nuestra conversación. Desde el alegre tema de mi inminente muerte de repente nos estábamos declarando. Aguardó, y supe que sus ojos no se apartaban de mí a pesar de fijar los míos en nuestras manos. Al final, dije:
- Ya conoces mis sentimientos, por supuesto. Estoy aquí, lo que, burdamente traducido, significa que preferiría morir antes que alejarme de ti -hice una mueca-. Soy idiota.
-Eres idiota -aceptó con una risa.
Nuestras miradas se encontraron y también me reí. Nos reímos juntos de lo absurdo y estúpido de la situación.
-Y de ese modo el león se enamoró de la oveja... -murmuró. Desvié la vista para ocultar mis ojos mientras me estremecía al oírle pronunciar esa palabra.
-¡Qué oveja tan estúpida! -musité.
-¡Qué león tan morboso y masoquista!
Su mirada se perdió en el bosque y me pregunté dónde estarían ahora sus pensamientos.
-¿Por qué...? -comencé, pero luego me detuve al no estar segura de cómo proseguir.
Edward me miró y sonrió. El sol arrancó un destello a su cara, a sus dientes.
-¿Sí?
-Dime por qué huiste antes.
Su sonrisa se desvaneció.
-Sabes el por qué.
-No, lo que queria decir exactamente es ¿qué hice mal? Ya sabes, voy a tener que estar en guardia, por lo que será mejor aprender qué es lo que no debería hacer. Esto, por ejemplo -le acaricié la base de la mano-, parece que no te hace mal.
Volvió a sonreír.
-Bella, no hiciste nada mal. Fue culpa mía.
-Pero quiero ayudar si está en mi mano, hacértelo más llevadero.
-Bueno... -meditó durante unos instantes-. Sólo fue lo cerca que estuviste. Por instinto, la mayoría de los hombres nos rehúyen por nuestra diferenciación... No esperaba que te acercaras tanto, y el olor de tu garganta...
-De acuerdo, entonces -respondí con displicencia en un intento de aliviar la atmósfera, repentinamente tensa, y me tapé el cuello-, nada de exponer la garganta.
Funcionó. Rompió a reír.
-No, en realidad, fue más la sorpresa que cualquier otra cosa.
Alzó la mano libre y la depositó con suavidad en un lado de mi garganta. Me quedé inmóvil. El frío de su tacto era un aviso natural, un indicio de que debería estar aterrada, pero no era miedo lo que sentía, aunque, sin embargo, había otrs sentimientos...
-Ya lo ves. Todo está en orden.
Se me aceleró el pulso, y deseé poder refenarlo al presentir que eso, los latidos en mis venas, lo iba a dificultar todo un poco más. Lo más seguro es que él pudiera oírlo.
-El rubor de tus mejillas es adorable -murmuró.
Liberó con suavidad la otra mano. Mis manos cayeron flacidas sobre mi vientre. Me acarició la mejilla con suavidad para luego sostener mi rostro entre sus manos de mármol.
-Quédate muy quieta -susurró. ¡Como si no estuviera ya petrificada!
Lentamente, sin apartar sus ojos de los míos, se inclinó hacia mí. Luego, de forma soprendente pero suave, apoyó su mejilla contra la base de mi garganta. Apenas era capaz de moverme, incluso aunque hubiera querido. Oí el sonido de su acompasada respiración mientras contemplaba cómo el sol y la brisa jugaban con su pelo de color bronce, la parte más humada de Edward.
Me estremecí cuando sus manos se deslizaron cuello abajo con deliberada lentitud. Le oí contener el aliento, pero las manos no se detuvieron y suavemente siguieron su descenso hasta llegar a mis hombros, y entonces se detuvieron.
Dejó resbalar el rostro por un lado de mi cuello, con la nariz rozando mi clavícula. A continuación, reclinó la cara y apretó la cabeza tiernamente contra mi pecho...
... escuchando los latidos de mi corazón.
-Ah.
Suspiró.


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